Hacía muchos años que no entraba a El Retiro de noche, desde aquellos en que con la novieta de turno ibas a pasear cogidos de la mano y robando esos besos que te sabían a gloria en el infierno de los guardas vestidos de marrón y que tenían casetas en cada recoveco del parque, que en cuanto os veían un tanto acaramelados en un banco de aquellos que dolía el alma sólo de sentarse se lanzaban como buitres a la carnaza para ahuyentar tus buenos deseos.
Tu chica se ponía roja de vergüenza y tu tirando de su mano salías casi a la carrera, y el perro del guarda sonreía por ver que os había dejado sin la miel en los labios y seguro que llegaba a casa diciendo a la parienta que esa tarde-noche había ayudado a tu ángel de la guarda a que no pecaras más de lo debido. Ahora los tiempos han cambiado, a cualquier hora que vayas a El Retiro te puedes encontrar parejas en pleno revolcón en el césped o donde sea, más de un obispo o cura vestido de calle en plan mirón (que lo he visto, que no me lo han contado) y ni un guardia que se entrometa en su amor.
Esta noche del sábado, eran las 8, El Retiro estaba precioso, poca gente, parecía limpio, no se sabe si porque la oscuridad escondía los restos de las meriendas de esos seres pequeños rodeados de prole o porque había pasado la “brigadilla Agromán” por sus paseos y parterres.
El paseo de Venezuela desemboca en la plaza de Honduras y de esta sale el paseo Salón del Estanque, donde por las mañanas de los fines de semana se reúnen titiriteros y artistas del pueblo para animación de niños y mayores. Pero esa noche salvo los reflejos de las luces de la Zona Nacional poco más se veía.
El Retiro está muy bello de noche, y hoy como entonces le recorríamos cogidos de la mano, como siempre, nos paramos a mitad paseo y miramos al estanque como entonces también y de paso nos besamos, como entonces también. Estoy seguro que se nos pasaron por la cabeza nuestros paseos por el parque. Te sientes joven, posiblemente mucho más de los que eras. Y recuerdas, recuerdas la cantidad de momentos dulces que han habido en tu vida.
Bajamos por el paseo de Méjico (que no Mexico) hacia la Puerta de Alcalá, esa que nos ha visto pasar miles de millones de veces, y nos asomamos a la recién montada exposición de ese Bombón del Borbón, apagada y solitaria, en penumbra colgaban los carteles del día anterior. ¡Ya vendremos el martes por la tarde! le dije para que supiera que estaba ahí viéndola.
Entramos en plena Zona Nacional por la puerta grande, por Serrano. ¡Que diferencia!, Pijerío contra patinadores, buenas ropas frente a chandals, repeinados frente a malos pelos, ricos contra… otro tipo de ricos más ricos que los ricos, con una riqueza que tiene más valor que la del euro.
Serrano es un mundo fuera del mundo, gente guapa en Mallorca, Lluvia saliendo de Musgo, si esa de la tele, gente madura paseando perro y palmito, terrazas con calor no natural para los vicios de humo. Da gusto ver que eso de la crisis es un invento de los políticos en una calle tan… tan calle.
Y pasa menos, pero pasa, si subes por Goya. Goya, como todas las calles tiene dos aceras, la de la de los pares (por no llamarla derecha), es más triste que la de los impares (por no llamarla izquierda); en la de los pares, salvo al principio, no existen tiendas de relumbrón, en la opuesta si. Y sales a media altura a la que aún algunos llaman del General Mola, es una calle triste, normal.
Y caes en Alcalá, cruzas a la acera del Tívoli, ahora Vips, y te encuentras con el bar más antiguo de la calle, La Central, en el que dan los mejores bocatas de calamares de la Zona Nacional. Crujientes, sabrosos y en su punto de fritura. ¡Cojonudamente republicanos!. De vuelta a casa y mañana, por hoy, vuelta a la misma monotonía de siempre, ¡menos mal que siempre nos quedará la Zona Nacional para pasearnos los dos con nosotros mismo y nadie alrededor.





2 comentarios
Maria
27 febrero, 2012, a las 14:14 (UTC 1) Enlace a este comentario
Que recuerdos¡¡¡
Miguel Moreno González
27 febrero, 2012, a las 17:18 (UTC 1) Enlace a este comentario
¿Lluvia saliendo de Musgo? Y digo yo: ¿No será el musgo que sale de la lluvia? Si es que te lías y no paras…